Ejercicios para el perro en función de la alimentación


La alimentación desarrolla un papel primordial en la salud y la eficiencia física de nuestro animal. Por este motivo hay que habituar al perro, desde cachorro, a someterse a una dieta equilibrada y rigurosa que satisfaga sus distintas necesidades, presentes y venideras.

Interesa subrayar el destacado sentido del gusto de este animal, por lo que si se le suministran alimentos especialmente sabrosos de nuestra cocina, no debe asombrarnos que después rechace las comidas que, usualmente, se dan a los perros.

Hasta la edad de 3 a 4 meses se le darán tres comidas diarias: por la mañana, al mediodía y a la tarde; más adelante bastarán dos raciones: por la mañana y por la noche, y, por último, lo reduciremos a una única: la nocturna.

Este tipo de alimentación, por lo general, es bien aceptada por el perro y, muchas veces, se manifiesta espontáneamente.

Es importante recordar que al final de una comida, el perro tiene necesidad de efectuar sus necesidades fisiológicas, mientras la salida para el paseo y los ejercicios han de precederla, para que el movimiento y la actividad física no se vea coartada por el estado de plenitud del estómago y para evitar bruscos cambios de temperatura, que fácilmente pueden retrasar los normales fenómenos digestivos.

Intentemos identificamos con nuestro perro, obligado inmediatamente después de la comida a salir de casa para llevar a cabo su adiestramiento.

Los ejercicios y el movimiento han de estar acordes con la alimentación, en lo que respecta al engorde o el adelgazamiento del animal. Si el perro tiende a engordar, sólo tenemos dos posibilidades de intervención para volverlo a la normalidad: variar el tipo de alimentación o aumentar el número de los ejercicios.

En el primer caso podemos reducir el número de proteínas y grasas (carne) y aumentar la parte fibrosa (verdura) o de «lastre» (cáscaras de cereales) que exigen mayor trabajo digestivo para su aprovechamiento y que, en verdad, resultan menos nutritivos. En consecuencia, el tubo digestivo consume mayor energía para digerir una alimentación más pobre.

La sensación de plenitud se mantiene puesto que se introduce la misma cantidad, en peso o volumen, de sustancias, lo que regula la sensación de «hambre», por lo que podemos tranquilamente aumentar la cantidad de materia fibrosa, que no permitirá el engorde del animal.

Más difícil resulta aplicar la segunda posibilidad de intervención: el aumento del movimiento y los ejercicios, porque en este último caso no siempre se logra eliminar la sobrealimentación y, de todas formas, no resulta lógico administrar una nutrición excesiva, que luego nos veremos en la necesidad de tener que suprimir.




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