El perro dálmata, fiel durante toda una vida


El perro dálmata, fiel durante toda una vida

Podemos decir de todas las razas caninas que cumplen unas misiones similares con respecto al hombre, sin embargo, es evidente que unas cumplen más a fondo que otras su cometido respectivo. Indudablemente, los perros de pastor son los que realizan una dedicación más completa y eficaz, pero los de guardia y utilidad, colaboran también con nosotros de forma muy eficaz. Los perros de lujo y compañía, grupo al que pertenece el dálmata, y que ya hemos indicado que se acerca más a un perro de compañía que a uno de lujo, cumple también una serie de objetivos que realmente tienen su carácter y distinguen a la raza dálmata de las demás.

Es muy probable, por no decir seguro, que el pastor alemán parece ser el más indicado para cualquier clase de trabajo por el hecho de que es la raza más difundida en el mundo; en él se prueban toda clase de nuevas formas de colaboración con la sociedad, de forma que parece ser siempre el can más idóneo para todo. A pesar de ser un gran admirador de dicha raza, de indiscutibles y extraordinarios méritos, no dudo tampoco, que si los dálmatas se contaran por miles en las ciudades, existirían más clubs especializados en la raza, habría adiestradores que estudiarían y descubrirían nuevas aptitudes y, automáticamente, pasaría a ser una raza más entre las que cuentan con el prestigio de ser útiles para la sociedad.

Por su simpatía, es la mascota de diversos cuerpos de bomberos, conviviendo en acuartelamientos y siendo amigo inseparable de ellos. Es también un perro ideal para hacer compañía a niños y enfermos, siendo en dichas circunstancias, un verdadero auxiliar que no se separa un sólo momento de ellos.

El perro es, por naturaleza, un animal capaz de querer al amo de forma inigualable por cualquier otro animal de la Creación, por eso supo conquistar el título de «mejor amigo del hombre». Cuando se habló hace ya muchos siglos de que el perro representaba un papel extraordinario en la vida del hombre, no se hablaba entonces de razas, simplemente se referían al denominado« canis familiaris», que era una especie variable en cuanto al aspecto y carácter según el lugar donde se encontraba. Con los años el perro ha sufrido una evolución y se han ido seleccionando las razas hasta llegar al punto en que ahora nos encontramos.

El objeto de las diferentes razas es, básicamente, el de distinguir a cada perro y lograr así, que cada uno, según sus aficiones, tenga el perro idóneo, a la vez que, «fabricando» un perro con una resistenci determinada, ya sea al frío si se ha de vivir en una zona muy fría (como ocurre con el San Bernardo, que además tiene algo de grasa que le protege), o, en otro aspecto, el galgo de carreras, que no puede tener un gramo de grasa y posee una rapidez extraordinaria. Así, a través de los siglos, el hombre ha ido modificando las razas, primero consiguiéndolas puras, para luego cambiar alguna de sus características, con objeto de aumentar las aptitudes que les son más interesantes. Así, los cazadores, por ejemplo, han ido dejando razas más bien pesadas, para dedicarse a otras más ligeras, con mayor resistencia y más veloces para ir detrás de la presa; el hombre con su egoísmo, ha querido valerse siempre de las formas naturales y cambiarlas a su antojo para conseguir que todo ello redunde en su bienestar.

Se deduce de todo esto (especialmente si hemos estudiado su historia) que la misión del dálmata ha sido siempre la de perro de compañía, pero auténtico, no de forma simbólica como alguna otra raza, que cumple su misión de una forma «sui generis». Por eso es capaz de ser fiel durante toda una vida a su amo; si aquél es nómada, como los gitanos, lo será él también y no tendrá problemas de adaptación como puede ocurrir con otras razas. Así, según hemos visto, se fue extendiendo la raza por Europa, cuando los gitanos lo llevaban como perro de compañía y de guarda, y aunque su especialidad nunca haya sido la del ataque sí lo es la de advertir la presencia de extraños.

A base de la selección, se han ido logrando razas con unas características muy definidas, prácticamente para todos los gustos; por esta razón no interesa cruzar un perro de una raza determinada con otro perteneciente a otra distinta.

El resultado obtenido (aun siendo bueno en apariencia) no podrá representar una garantía de continuidad que nos permita sentir interés por una determinada rama de mestizos, que, aun siendo francamente cariñosos y simpáticos, no nos permiten que los empleemos en una determinada misión o forma de utilidad. Llegamos entonces al final del problema: cuando hablamos del perro, nuestro amigo, lo hacemos de uno cualquiera, sea o no de raza, pero cuando pretendemos recomendarle a alguien uno para que le sirva de lazarillo, le indicaremos al pastor alemán; si se trata de encontrar al ejemplar antidrogas, recomendaremos, sin vacilar, al labrador retriever, y así sucesivamente con muchas otras razas.

Pero si sentimos interés por una raza de un can amigo, de compañía, que además nos siga alegremente tras el caballo durante varias horas, el dálmata es la raza única y la más indicada, no demostrando sino interés por volver a repetir lo que para él no es más que un simpático juego. Vivirá así junto a su amo feliz y fiel; pero hemos de recordar que un perro se parece a ciertas personas, no quiere reconocer que se ha vuelto viejo e intentará seguir una vez más al caballo como cuando era joven; nosotros, aunque él intente esconder su invitable vejez, deberemos dejarle en algún prado para que permanezca junto a los caballos, mientras aquéllos están paciendo. Nuestro dálmata no tendrá así necesidad de agotarse y, en cambio, se sentirá nuevamente entre ellos, que es lo que más le gusta al dálmata. Su fidelidad y alegría, cuando ha tratado de distraernos de nuestros problemas cotidianos, le han hecho merecedor de nuestro cariño y nuestro aprecio. Querer a un amigo, no es un síntoma de un «sensiblón», sino propio de toda persona que, rebosando humanidad, es capaz de demostrar unos sentimientos grandes y loables.




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