El abrevado cotidiano para el caballo


El agua es la única bebida que ingiere el caballo. Es tan importante como la comida, ya que disuelve parte de los alimentos, aporta a la sangre la cantidad que ésta necesita, ayuda las secreciones, calma la sed y tranquiliza y sosiega al animal.

No siempre hay que ir dando agua al caballo, pues se debe saber que después del ejercicio se tiene que esperar a que recupere su temperatura normal antes de permitirle beber la cantidad que quiera. El agua no se dará nunca fría, porque puede sobrevenir a los caballos cansados que la ingieren cólicos y laminitis. Durante el ejercicio, sin embargo, se le debe permitir tomar agua libremente. Después del ejercicio prolongado se ha de dejar al animal pastando o comiendo heno; antes de ofrecerle agua, conviene que haya descansado un periodo de 30 a 90 minutos.

La temperatura ideal oscila entre los 10 y los 20 grados centígrados. Cuando el agua es de pozo o de nieve conviene dejarla al aire para que se oxigene y así evita grandes trastornos. El caballo bebe entre dos y cuatro veces al día, y absorbe entre los 20 y 30 litros, fuera de los períodos muy calurosos cuando el consumo puede alcanzar los 60 litros, según el tamaño del animal, la intensidad del trabajo y el calor del ambiente. Ha de darse siempre antes de las comidas o pasadas dos horas desde que el animal ha terminado de comer la ración de alimento, sobre todo para el caso de la absorción de grano, con el fin de evitar los cólicos que podrían provocar al hincharse en el tubo digestivo. En cambio, se facilita el tránsito de los forrajes haciendo beber al caballo después de su consumo.

Cuando regresa un caballo cansado y sudado es bueno darle de beber siempre que se deje normalizar la respiración. Para ello habrá que tener la precaución de racionar el suministro de agua que esté bebiendo y dejar al caballo con algo de sed, para más tarde terminar de darle el agua que necesite, pues un exceso de agua en un animal fatigado hincha el estómago y produce trastornos digestivos.

Por lo general, es recomendable dar agua siempre que sea posible. El primer efecto de un consumo insuficiente de agua es la reducción de la ingesta de alimento, seguida de la disminución de la actividad física y de la capacidad de trabajo. El riesgo de un consumo inadecuado puede existir si el agua no es fácilmente accesible, si la superficie está congelada, demasiado caliente o fría, o de mala calidad.

Algunos consejos para la corrección del agua, además de los diferentes sistemas de abrevaderos que ya se han visto en capítulos anteriores, se encuentran en la mejora de la calidad del agua. En las aguas “alteradas” se aminora su acción nociva, sumergiendo en ellas carbones encendidos, filtrándolas e hirviéndolas. Las aguas “crudas” se mejoran si se mezclan con harina o salvado; se las puede airear, si se agitan. Las aguas “selenitosas”, se corrigen agregándoles un poco de sal común. Las aguas que sobrepasan los veinte grados de temperatura no son buenas, pues relajan el estómago y los intestinos y perturban las funciones del aparato digestivo.

Un último consejo es que durante el verano se ponga en el agua entre veinte y treinta gramos de sal y doscientos gramos de harina de centeno, una vez al día. Si se hace esta composición, hay que “cortar” el agua varias veces, pues los caballos beben con avidez por resultarles la bebida muy agradable. Al meter la nariz dentro del agua, y la acción de la harina y el frío del agua sobre la mucosa nasal, les puede producir la afección denominada coriza.




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