Domesticación y adiestramiento del loro


Si nuestro loro ha sido criado a mano, ya debe estar domesticado. Si no es así, deberemos comenzar la labor encaminada a este fin lo más pronto posible. Démosle un día o dos de margen para que se acostumbre a su nuevo entorno, asegurémonos de que come y luego preparémonos para impartir la primera lección. Por favor, no la demoremos ya que cuanto más pronto demos comienzo a la domesticación, más afectuoso se mostrará a la larga.

Para domesticar un loro necesitamos contar con un espacio que no presente riesgos para él y esté libre de cualquier elemento que pueda distraerlo, donde además haya algo de comer que le plazca, como uvas o semillas de girasol, y también un listón lo suficientemente resistente como para aguantar su peso. Preparemos el local eliminando de él todo cuanto pueda romperse, cubriendo los espejos y las ventanas, y desconectando cualquier radio o televisor. Si el cuarto de aseo puede quedar aislado del resto de la vivienda mediante una puerta, cabe que sea el lugar idóneo. (Sin embargo, asegurémonos de bajar el asiento y cubierta del inodoro y cubrir los espejos para el caso dé que el pájaro se escape.) Sea cual fuere el punto elegido para la domesticación, cerremos todas las puertas y ventanas por la parte interior y pidamos al resto de la familia que se mantenga alejada durante un rato, pues resulta mucho menos confuso para un pájaro si es sólo una persona la que trata de domesticarlo y adiestrarlo.

No utilicemos guantes para adiestrar un pájaro. Muchos loros, en especial los importados, asocian los guantes con la traumática experiencia de ser capturados y retenidos por un desconocido. Algunos se sienten tan aterrorizados en presencia de unos guantes que se resistirán a cualquier adiestramiento mientras esta prenda esté presente; otros simplemente se mostrarán un poco más distantes hacia nosotros de lo que sería el caso en ausencia de los guantes. Elijamos un loro con el que nos sintamos cómodos para desarrollar la labor de adiestramiento y mostrémonos preparados para movernos con lentitud para evitar cualquier accidente.

Los objetos brillantes suponen una atracción irresistible para los loros, por cuyo motivo no deberemos llevar reloj o joyas durante el adiestramiento o en cualquier otro momento en que establezcamos un contacto físico con el animal. La experiencia demuestra que el pico de un loro, incluso de pequeño tamaño, es perfectamente capaz de retorcer la corona de un reloj hasta romperla. Comencemos la domesticación abriendo la puerta de la jaula del pájaro. Hablémosle continuamente, diciéndole cuán bonito es y cuánto nos gustaría ganar su amistad. No nos preocupemos si se muestra nervioso al principio. Démosle tiempo para que se dé cuenta que no es nuestra intención introducir la mano en la jaula y agarrarlo. Con suerte, el loro puede mostrarse curioso y salir por decisión propia. Si es así, alabémosle mucho y’ movamos nuestra mano hacia él muy lentamente para ofrecerle algo de comer que le guste.

Los pájaros más tímidos cabe que no hagan movimiento alguno para salir de la jaula. Si se trata de una carolina o de un periquito, movamos nuestra mano con la comida en ella lentamente hacia la jaula, hablando durante todo el tiempo. Si silba o retrocede asustado, detengamos nuestra mano durante unos pocos minutos, pero no la retiremos. Dejemos que compruebe que tener nuestra mano tan cerca no supone amenaza alguna. Al cabo de unos momentos, podemos acercarnos lo suficiente para ofrecerle la comida a través de los barrotes de la jaula.

Si nuestro loro no es un periquito o una carolina no intentemos introducir nuestros dedos en la jaula, pues la mayoría de loros consideran esta intromisión como una invasión de su territorio, incluso después de que estén domesticados. En lugar de ello, movamos lentamente la percha hacia el interior de la jaula, deteniéndonos durante uno o dos minutos cada vez que el pájaro se muestra alarmado. Una vez más recordemos que nunca debemos retroceder. ¿No querremos que nuestro loro llegue a la conclusión de que un buen chillido hará que retrocedamos, no es verdad?

Tanto si el pájaro se encuentra sobre su jaula como en el interior de ella, movamos la percha hacia él lentamente partiendo de un lado. (A los pájaros no les gusta un acercamiento frontal debido a que les recuerda la conducta de un depredador.) Situemos la percha atravesada sobre su pecho. En este punto podemos tener la seguridad de que el loro cederá a su instinto de trepar, ya que situarse un poco más hacia arriba le da la sensación de controlar mejor la situación. Si no trepa sobre la percha, es probable que no estemos sosteniendo ésta a suficiente altura. Una vez más, tan pronto como se haya decidido, alabémosle en tono suave pero complacido. Si el pájaro nos muerde o se nos sube a la cabeza en un momento dado, digamos «ino!» con voz fuerte y utilicemos la percha para hacerlo retroceder hasta el punto que nos interesa. Jamás deberemos golpear o castigar un pájaro, ya que no aprenden nada de este proceder salvo temor.

Hasta donde lleguemos en la primera lección depende del pájaro, pero siempre teniendo en cuenta que, para conseguir los mejores resultados, deberemos dedicar sólo 20 minutos consecutivos a su domesticación. Cuando haya transcurrido dicho período, dejémosle descansar durante por lo menos una hora antes de comenzar de nuevo. Por supuesto, es mejor terminar cada sesión con algo destacado en lugar de hacerlo por el simple hecho de que se ha agotado el tiempo. Si el pájaro se encuentra posado sobre la percha al cabo de 15 minutos, prosigamos y ofrezcámosle algo de comer que le plazca, alabémosle sin regateos e introduzcámoslo de nuevo en su jaula para descansar.
Después de unas pocas lecciones, resultará ostensiblemente más fácil conseguir que el loro se suba al listón o acepte algo de comer directamente de nuestra mano. En dicho punto, podemos enseñarle a posarse en nuestro dedo o sobre nuestro hombro, dependiendo tal circunstancia del tamaño del pájaro. A menudo podemos conseguir que se suba a nuestro brazo simplemente manteniendo en posición baja la percha, de modo que el loro deba trepar por nuestro brazo para alcanzar un punto elevado. (Conviene llevar una vieja camisa con mangas, de modo que sus uñas tengan algo a lo que agarrarse.) En el caso de un pájaro pequeño podemos simplemente sostener la percha en una mano mientras acercamos lentamente el pájaro con la otra. Mantengamos nuestro dedo a la altura de su pecho y pronto se subirá a la percha. Mientras tanto, hablémosle continuamente y alabémoslo. No retiremos en forma repentina nuestra mano cuando el loro utiliza su pico para asentarse en una percha con la que no está familiarizado.

Raramente es su intención la de morder, por lo menos al principio. Por supuesto, si molestamos al loro retirando repetidamente la mano, es probable que acabe arritándose con nosotros. Los loros, como es natural, aprenden a ritmos distintos. Cabe que consigamos que un periquito se pose en nuestra mano al término de los primeros 15 minutos de lección. O también que necesitemos toda una semana para convencer a un gris africano para que deje de gruñir cada vez que introduzcamos un listón en su jaula. Incluso dentro de una misma especie, algunos ejemplares se mostrarán más confiados que otros. Seamos, pues, pacientes y no abandonemos.

Transcurrida una semana aproximadamente, observaremos que nuestro loro espera realmente que llegue el momento de las sesiones de domesticación. ¿Por qué no ha de ser así? Consigue comida que le gusta y alabanzas, cosas éstas que a la mayoría de loros complace inmensamente. En este punto, cuando está parloteando como para decirnos «ven aquí• en lugar de «vete», podemos afirmar que el pájaro está técnicamente domesticado. Sin embargo, resulta recomendable añadir algunas lecciones complementarias para enseñarle que debe permitir que le rasquemos cariñosamente la cabeza y posemos nuestra mano sobre su cuerpo. Nos alegraremos de haberlo hecho cuando, por primera vez, debamos cortarle las uñas o sostenerlo en nuestras manos para un examen veterinario.

Procedamos lentamente, hablemos continuamente y recordemos siempre que debemos mover nuestra mano desde un lado para que el loro la vea venir. Un buen momento para iniciar el movimiento es cuando el loro sostiene un poco de la comida que le gusta en su pico y que sólo de mala gana estaría dispuesto a soltar. En cualquier caso, comencemos a rascar con sumo cuidado en torno a los oídos y la coronilla del pájaro. ¡No con demasiada fuerza! Tras un momento, muchos loros ahuecarán las plumas de su cabeza y cerrarán los ojos de puro placer, signo éste de que confía plenamente en nosotros y le complace lo que estamos haciendo. Después de unas pocas sesiones de rascarle la cabeza, podemos comenzar a deslizar lentamente nuestras manos por el lomo del pájaro. Si se trata de un ejemplar pequeño, podemos rodearlo en torno a sus alas con una mano. Tratándose de un pájaro de mayor dimensión, tomémonos un plazo mayor y esforcémonos en convencerle de que acepte el que ambas manos le rodeen suavemente el cuerpo. Transcurrido cierto tiempo, una cacatúa o un guacamayo puede quedar simplemente extasiado por nuestras caricias. A decir verdad, no obstante, la mayoría de loros nunca llegarán a este punto a consecuencia de haberles rodeado el cuerpo con nuestras manos. De todos modos, si lo aceptan tranquilamente, habremos hecho lo que hemos podido para asegurarnos de que nos cabrá proceder al aseo de su plumaje o someterlo a un examen veterinario con un mínimo de estrés.

Ahora que nuestro loro es un miembro domesticado de la familia, podemos comenzar a enseñarle a hablar y a practicar algunos juegos. Una vez más tenemos que cuanto más pronto comencemos la labor, mejor será el resultado. Los loros adultos pueden aprender nuevos juegos, pero cabe que no muestren interés alguno hacia ello si previamente no hemos establecido una norma para enseñarles juegos o palabras. Los grises africanos a menudo requieren varios meses o incluso un año de lecciones antes de que nos sorprendan con algún discurso sorprendentemente claro, pero la mayoría de loros jamás hablarán si no lo han intentado durante los primeros meses de permanencia en la casa.

Algunos miembros individuales de todas las especies de loros comúnmente instaladas en nuestros hogares han aprendido a hablar. Sin embargo, esto es más probable que ocurra con los miembros de ciertas especies que con los de otras. Los grises africanos, así como los diversos loros del Ama zonas, generalmente hablan bien, con voz sorprendentemente clara, si se les enseña con paciencia desde temprana edad. Los parlanchines y pequeños periquitos pueden aprender a decir toda clase de cosas, pero su voz tiende a permanecer bastante rasgada. Las cacatúas y los guacamayos pueden tener una voz clara y fina, pero a menudo no pasan de un número limitado de palabras. Si sabemos lo que podemos conseguir de nuestro loro evitaremos frustraciones, y si conseguimos convencer para que hable un pájaro de talante apreciablemente tranquilo como una carolina, sabremos también la importancia que tiene lo que hemos conseguido.

Utilicemos una combinación de enseñanza personal y ayuda electrónica. No existe sustituto para la labor de colocar el loro domesticado sobre nuestro brazo o dedo y repetir la palabra que queremos que aprenda una y otra vez con voz clara. Sin embargo, un ser humano sólo puede decir «torito real» un cierto número de veces al día, por cuyo motivo resulta recomendable adquirir una cinta magnetofónica sin fin para proseguir las lecciones mientras se está ausente. Incidentalmente tenemos que «torito real» resulta más fácil de decir para muchos loros que «hola», por cuya razón resultará aconsejable comenzar con dicha expresión hasta llegar a la palabra de salutación.
Enseñemos al pájaro una palabra o una frase cada vez. Tan pronto como haya aprendido una frase, no se necesitará tanto tiempo para enseñarle otras. No obstante, la mayoría de las personas coinciden en señalar la existencia de un período neutro, después del cual el loro prácticamente cesa de aprender nuevas palabras. Sin que constituya una sorpresa, dicho período generalmente coincide con el punto en que la persona se cansa de impartir lecciones, preparar grabaciones, etc. Si queremos que nuestro loro siga aprendiendo, deberemos continuar enseñándole. A un buen hablador debe enseñársele eventualmente a repetir su nombre, el nuestro y nuestro domicilio; de este modo, si alguna vez se pierde o lo roban, puede identificarse ante quien lo encuentre o la policía.

Los loros aprenden a hablar para complacer a sus poseedores, por cuyo motivo algunas personas pueden sentirse frustradas cuando sus pájaros se niegan a hablar en presencia de las visitas. Para inducir al loro a que hable, necesitamos comprender que puede sentirse tímido con relación a la posibilidad de atraer la atención de un desconocido. Un buen sistema para conseguir que hable es alejarse de su jaula y enfrascarse en una conversación. Transcurrido algún tiempo, el loro se convencerá de que el huésped es inofensivo y nos sorprenderá con un repentino !Hola¡. Recordemos, asimismo, que la mayoría de loros silvestres se muestran muy reacios a hacer ruido alguno cuando en la jungla o en la sabana predomina un profundo silencio. Si permanecemos sentados en silencio esperando que el pájaro diga algo, es posible que jamás hable. Pero si abrimos un grifo, ponemos música a pequeño volumen, o seguimos con nuestra propia conversación, es mucho más probable que el loro se decida a participar también.

Otro comentario respecto a hablar: realmente no es una muestra de ingenio ni tampoco es gracioso enseñar a nuestro loro palabras objetables. Pronto nos cansaremos de un pájaro del que no podemos gozar en presencia de amigos de oído sensible o de miembros de nuestra familia, y el pájaro no comprenderá la razón por la cual se le aparta de otras personas cuando simplemente trataba de complacemos. Por supuesto, cualquier loro que hable, al igual que un niño pequeño, puede probar a atraer la atención eligiendo palabras que consideran provocarán gran emoción. Lo mejor es ignorar el loro, rehusando reír o hacer cualquier otra cosa que pueda estimularle a repetir la palabra. Hagamos un esfuerzo adicional para evitar que el loro oiga la palabra de otros y, transcurrido un tiempo, olvidará la forma de decirla o, por lo menos, cómo decirla en forma lo suficientemente clara como para que nadie, salvo nosotros, pueda entenderla.

Aparte hablar, los loros pueden aprender una variedad de otros juegos. Si nuestro pájaro puede volar, cabe sugerir que la primera lección que le enseñemos sea la de «ven». Elijamos un momento en que parezca deseoso de jugar y coloquémoslo en la cima de su jaula o sobre una percha. Retrocedamos y pidámosle que venga con voz firme y agradable. Cuando vuele hasta posarse en nuestro hombro, alabémosle y rasquémosle sus oídos. Repitamos la lección con frecuencia. Al cabo de poco tiempo, el loro aprenderá a asociar la palabra .ven» con la acción de volar hacia nuestro hombro, y vendrá hacia nosotros al recibir la orden. No se puede prometer que ello funcione si el pájaro alguna vez se escapa hacia un mundo exterior desconcertante y desconocido, pero por lo menos supone una oportunidad.

Algunas personas adiestran a sus loros utilizando un papel, una labor que generalmente resulta más fácil en el caso de un pájaro criado a mano. Elijamos a tal fin una palabra extraña que no aparezca habitualmente en la conversación normal, para que no podamos pronunciarla sin querer cuando el loro se encuentra posado sobre nuestra camisa nueva. Al principio, simplemente deberemos esperar hasta que parezca que va a trasladarse a un punto aceptable. Digamos la palabra, y alabémosle si, al mismo tiempo, efectúa sus deposiciones. Repitamos la lección con frecuencia, pronunciando la palabra y luego alabando al pájaro cada vez que hace su deposición sobre el papel. Con el paso del tiempo asociará la palabra mágica con el acto de su deposición, y nosotros podremos pronunciar la palabra primero. Después podemos impedir o eliminar accidentes llevándolo a una rápida visita a su papel cada 20 minutos y dando la orden.

Otros juegos son sólo para divertirse, pero sirven un serio propósito. Los loros hogareños, en especial’ los grandes, pueden volverse perezosos. Enseñándole juegos, estimularemos al nuestro para que cultive su mente mientras ejercita su cuerpo. Asimismo le daremos la oportunidad de atraer la atención, hecho hacia el cual los loros domésticos se sienten muy inclinados. Comencemos con juegos basados en las conductas naturales del loro. La mayoría de los de gran tamaño gozan sujetando la comida con una pata mientras comen, por cuya razón es posible enseñarles fácilmente a utilizar una cuchara metálica. Fijemos un trozo de una de sus frutas preferidas a una de tales cucharas mediante una tenue capa de miel y observemos cómo procede el loro. Con tiempo y paciencia nos cabrá estimularle para que tome alimentos de un cuenco con ayuda de una cuchara.

Los loros también se sienten atraídos por los objetos brillantes o relucientes, lo cual da lugar a que podamos aprovecharnos de este interés fijando una campana de metal en el extremo superior de una escalera. (Adquiramos los juguetes en un establecimiento de animales de compañía, al objeto de tener la seguridad de que son lo bastante resistentes para un guacamayo o un amazónico.) Si colocamos el loro en la parte inferior de la escalera, lo más probable es que trepe por ella cuando le demos la orden. Después, una vez llegado al extremo superior, se encontrará con la campana y muy posiblemente comenzará a hacerla sonar. ¡Magnífico! Alabemos al pájaro y ofrezcámosle algo de comer que le guste o bien rasquémosle suavemente la cabeza. Con el paso del tiempo podemos estimularlo para que llegue a asociar las palabras trepa y toca la campana con la acción que ello representa, de forma que la lleve a cabo sin vacilación al recibir la orden.

Otros juegos favoritos incluyen pedir a un loro que introduzca una moneda en una hucha, hacer que se decida a tirar del extremo de una cadena mientras nosotros la sostenemos por el otro, o montar en una moto o bicicleta especialmente diseñada para él. Simplemente tengamos presentes los principios básicos en la labor de enseñarle juegos y, de este modo, podremos estar seguros de haber iniciado el buen camino para enseñar a nuestro pájaro toda una serie de ellos. En resumen, nos resultará mucho más fácil enseñarle juegos si:

  1. Elegimos aquellos que se basan en conductas naturales, como el deseo de coger objetos relucientes.
  2. Siempre utilizamos las mismas palabras para dar la orden respecto a un juego dado, para que el pájaro pueda asociar nuestras palabras con el juego en cuestión.
  3. Impartimos varias lecciones cortas que duren menos de 20 minutos cada una, al objeto de no sobrecargar el breve margen de atención del loro.

Finalmente cabe que debamos llevar a cabo cierto adiestramiento para superar problemas de conducta. La mayoría de loros proferirán un chillido de bienvenida cuando lleguemos a casa, pero ello no supone que debamos soportar uno que lo haga en forma continuada mañana, tarde y noche. Si está domesticado, es probable que chille para llamar la atención. ¿Le dedicamos el tiempo suficiente cada día mientras está fuera de su jaula? ¿Conoce algún juego o algunas palabras que pueda usar para atraer nuestro interés? Si lo hacemos todo correctamente y el loro sigue chillando, introduzcámoslo en su jaula y cubramos ésta cada vez que chille para que entienda que el ruido fuerte no es la forma apropiada para alcanzar su propósito. Saquémoslo de nuevo y mostrémonos dispuestos a jugar con él sólo a partir del instante en que vuelva a estar silencioso. Jamás deberemos dar a un loro que chilla, comida de la que le gusta ni prestarle atención con el único fin de que .se calle, pues con ello no haremos más que reforzar la noción de que hacer ruido es el método más adecuado para conseguir sus fines.

Resulta especialmente frustrante el que un loro domesticado nos muerda, pero algunos lo hacen. Los sin domesticar simulan agresividad con mucha frecuencia, a menos que se sientan acorralados, pero un loro domesticado sabe muy bien que no tiene nada que temer de nosotros y puede decidir que el morder es una buena forma de conseguir sus propósitos. Siempre que un loro nos muerda digámosle ano’ con voz fuerte y hagamos patente nuestro enfado. Sin embargo, no convirtamos en un hábito el devolver el pájaro a su jaula cada vez que muerda, pues con este proceder cabe que piense que morder a un ser humano significa «quiero volver a mi jaula ahora». Además de enseñarle que el morder no debe hacerse bajo ninguna circunstancia, podemos minimizar los problemas mostrándonos sensibles a los estados de ánimo de nuestro loro y a su margen de atención. Si un loro domesticado comienza a mostrarse gruñón y, cansado, devolvámoslo a su percha o jaula durante un rato. Proporcionémosle una mezcla equilibrada de tiempo de juegos y de tiempo de descanso, y con ello se convertirá en un ser adorable digno de toda confianza.

Ocasionalmente, un pájaro de talante dulce puede mostrarse gruñón. Si nuestro loro se mueve de un lado a otro con evidentes muestras de nerviosismo, regurgitando alimentos sobre nosotros y mordiendo celoso cuando aparece nuestra pareja, es probable que se encuentre en celo y, de momento, muestra su amor hacia nosotros manifestando que nos ha elegido como compañero. Ejerzamos una paciencia y una firmeza extremadas durante esta época si no podemos aparear nuestro pájaro o preferimos no hacerlo. Si, por el contrarío, es nuestro deseo aparearlo —y si nuestro ejemplar es del tipo exótico probablemente deberíamos hacerlo para




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2 Comentarios en Domesticación y adiestramiento del loro

  1. Marina Dice:

    Hola, tengo un loro Amazonas de 13 años, he tenido una paciencia con él infinita, y lo máximo que he conseguido es que cuando a él le da la gana, me deja acariciarle la cabeza, generalmente por la noche.

    Lo intenté adiestrar muchas veces hasta que por fin decidí dejárselo a un profesional. Supuestamente lo iba a adiestrar en 3 semanas, pero al final lo hizo en 7 y de vez en cuando se deja coger. El problema es que sigue picando cuando le dan lapsus. Ya no pica como antes, que era siempre, y le puedo sacar de la jaula y dejar libre sin miedo, pero una vez cada dos meses o así, se vuelve loco y me pica, de hecho pica tan fuerte que me deja marca, suele arrancar un cacho de carne, y no se quitan las marcas una vez curado.

    Me gustaría que alguien intentara adiestrarlo de verdad para que no pique nunca. Pero no sé si es posible.

  2. sabrina Dice:

    hola, buenas noches.
    una pregunta tengo un loro adulto pero quisiera sacarlo a la calle, pero no se como comenzar a tratarlo para que cuando lo saque no vuele o algo por el estilo.

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