Agricultura y conservación de la naturaleza


Agricultura y conservación de la naturaleza

Hace 5 000 años, cuando nuestros antecesores pasaron a ser sedentarios, gran parte de la Europa central estaba cubierta de densos bosques primigenios. El hombre empezó a talarlos, valiéndose, ora del hacha, ora del fuego, para procurarse campos abiertos aptos para el cultivo y el pastoreo. Para mantener alejados a otros animales no deseados y para delimitar sus posesiones plantó setos y erigió muros de piedra. Surgía así un paisaje de gran colorido y multiplicidad de facetas. El mundo de la fauna y de la flora se acrecentaba, puesto que la acción del hombre abría nuevos terrenos a unas especies que hasta el momento habían evitado el bosque. De las estepas orientales de nuestro continente acudieron avutardas, codornices, perdices y otras aves.

Entre el 800 y el 1800 prevaleció en el agro el sistema de explotación de la agricultura trianual; un año cereal de invierno, al siguiente cereal de verano y al tercero dejar la tierra en barbecho. El campo no estaba sometido a un sobreesfuerzo y se regeneraba durante el año que permanecía improductivo.

Crecían plantas silvestres con plena exuberancia, plantas que servían de alimento a escarabajos, mariposas, pájaros e igualmente al ganado. La agricultura impedía que arbustos y árboles que antaño ocupaban el terreno volviesen a adueñarse de él; con ello estimulaba y protegía la riqueza en especies de flora y fauna.

Hasta el siglo XIX no habría de modificarse el cuadro que hemos descrito. El químico Justus von Liebig introdujo entonces el abono artificial e hizo dar un vuelco al espíritu del agro: se abandonó el sistema trianual y con él acabó la idea del barbecho. El campo era sometido a cultivo todos los años para un producto único y siempre el mismo; se le procuraba un fertilizante artificial que venía de la fábrica ya preparado.

Con los progresos de la industrialización y mecanización de las labores del campo, se vino a demostrar como una rémora el que la tierra cultivable, como consecuencia de repartos testamentarios a lo largo de los siglos, estuviera dividida sin remedio entre muchos propietarios y consistiera en parcelas frecuentemente distanciadas unas de otras.

La idea de propugnar los intercambios de fincas entre los terratenientes y de crear grandes parcelas con vistas a su concentración para evitar desplazamientos innecesarios para su laboreo era buena no hay quien lo dude y por motivos de ahorro de energía merecía la favorable acogida que se le dispensó.

Cuando inmediatamente después de la segunda guerra mundial, la República Federal de Alemania se aprestó a llevar a cabo un aprovechamiento y limpieza intensiva del suelo, en plena ansia de recuperación del país, hay que decir sin rodeos que se estaba errando el blanco.

Setos y bosquecillos se talaron sin piedad, se aplanaron linderos, se cegaron balsas, las tierras yermas fueron sometidas a la acción del arado, desaparecieron los cañizares de los arroyos, los cursos de agua fueron objeto de regulación y las dehesas y praderas húmedas, desecadas y transformadas en gigantescas superficies productivas mecanizadas. Aunque muchas autoridades, competentes en materia de aprovechamiento del suelo han aprendido entretanto la lección y, en casos aislados, hoy en día son más los árboles y arbustos que plantan que los que talan, hay zonas muy importantes donde el daño tardará muchísimo en repararse.

Hay un proceso que cada vez restringe más el desarrollo de especies de la avifauna tales como zarapitos reales, limosas, lavanderas y tarabillas norteñas; se trata de la transformación de extensiones verdes en tierras de cultivo. Donde todavía existen prados y praderas, se utilizan de un modo tan intensivo que las aves apenas si consiguen crías viables.

Más de la mitad de nuestras especies animales y vegetales han de agradecer en primer término a la agricultura moderna su inscripción en la lista roja de las amenazadas de extinción. La fauna y flora que desaparece es signo de inestabilidad, de peligro, para los seres humanos. Se perfila con claridad que no terminará bien ese suelo cada vez más macerado por obra de una explotación llevada a cabo con tal vehemencia. La lenta pero progresiva desaparición de la capa de humus por la acción erosiva del agua y del viento es cada vez más palpable en muchas regiones.

Si sobre un suelo esponjoso, que en otra época ha sido un terreno pantanoso, se siembra maíz, el desgaste anual de la capa fértil se sitúa entre los 5 y los 10 milímetros. Una agricultura de prado o pastizal sobre el lugar original proporcionará menores rendimientos pero podrá practicarse durante siglos ya que una tupida red de raicillas mantendrá inamovible el suelo matriz. Aunque a largo plazo, pues, constituya algo más racional y beneficioso para la conservación del terreno, va a recibir del estado un apoyo menos decidido que otras formas de aprovechamiento.

Quizá debiera ocurrirnos en algún momento lo que les pasó a los americanos el 11 de mayo de 1934:
aquel día el mundo contuvo la respiración cuando un muro pardo negruzco de siniestro presagio se alzó en Estados Unidos y se desplazó hacia el este del país arrollando lo que hallaba a su paso. Un torbellino arremolinó, levantándolos del suelo, 300 millones de toneladas de la más fructífera tierra de cultivo, carente de protección por obra de un sistema agrícola de esquilmación de los recursos naturales. La nube de polvo dejó tras de sí 3 000 km de angustia y desolación. Quedó aniquilada, enterrada bajo el polvo, una superficie agraria equivalente a la de toda la República Federal de Alemania. Más de 150 000 campesinos se vieron obligados a abandonar durante varias décadas unos campos convertidos en estepa y a buscar trabajo en otros lugares.

¿Pueden producirse también en Europa esas tormentas de polvo? En la literatura se describen nubes de partículas de cientos de metros de altura en Erdinger Moos, cerca de Munich, que ocultan el sol durante días y que, en la década de los 60, habían sido capaces de cegar fosos de hasta dos metros de profundidad en unos instantes. En la época primaveral no es raro el hecho de que el viento arrastre semillas, estiércol y tierra, todo junto, o que deje al descubierto las semillas recién germinadas y los tallos tiernos se sequen. En algunas zonas la capa de humus o mantillo hace tiempo que ha desaparecido y los campos están cubiertos de cascajo.

Los procesos de desertización son más peligrosos que las catástrofes espectaculares referidas; apenas si se les presta atención pero, sin embargo, se acumulan de modo amenazador. Al campesino, como individuo, se le pueden hacer muy pocos reproches. Involucrado dentro de un sistema agrícola fijo, fundamentado en las grandes unidades productivas, rodeado de subvenciones, excedentes y manipulaciones de precio, le queda muy poco margen de oportunidad.

La culpa es de los responsables políticos: ¿por qué ese apoyo financiero tan formidable, que vienen proporcionando a las gentes del agro, no se lo dan en parte a cambio de que obtengan menos excedentes y dejen para ello improductivas algunas fincas? Serían superficies de importancia decisiva para la conservación de la naturaleza y para todos nosotros.

Con cierta lentitud las autoridades empiezan a recapacitar sobre el tema y a crear unas primas para que el terrateniente conserve praderas y otros espacios vitales básicos.




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