La vida en una manada de lobos

La vida en una manada de lobos

La vida en la manada de lobos queda determinada por una severa jerarquía. El animal de guía —el llamado animal alfa— actúa como jefe. Los demás quedan subordinados a él, y se regula por medio de luchas el orden jerárquico dentro del resto de la manada.

No obstante, raras veces se producen enfrentamientos serios, puesto que la pérdida de energía y el riesgo de sufrir heridas serían demasiado grandes, y un animal debilitado o herido significa siempre también un debilitamiento de toda la manada, puesto que cada individuo tiene dentro de ella una función específica. Por esta razón, los lobos disponen de un lenguaje corporal diferenciado que les permite establecer su orden jerárquico. Consiste en un gran repertorio de gestos de hostilidad y de aceptación así como señales de agresión y de sometimiento.

La comunicación entre un lobo y otro se establece principalmente a través del cuerpo y, sobre todo, por medio de la cola, las orejas y la cabeza. Los lobos utilizan raras veces su voz. Ello se explica fácilmente, dado que cualquier ruido revela su presencia y ofrece a la presa la oportunidad de huir.

Los fuertes ladridos y aullidos que nuestros perros emplean con bastante frecuencia frente a otros perros y personas, se reduce en los lobos a un simple gemido. Incluso estas manifestaciones sonoras se perciben casi sólo en los cachorros que refuerzan así sus gestos de sumisión o sus zalamerías; los lobos adultos no necesitan su voz para la comunicación directa entre ellos, pues les basta con el lenguaje corporal. (Los estremecedores aullidos de los lobos sirven, entre otros factores, para establecer contacto a través de grandes distancias, pero este aspecto no será tratado en detalle aquí.) Un lobo seguro de sí mismo y de alto rango mantiene las orejas tiesas y la cola en una ligera forma de S.

La piel del cráneo está relajada, la misma cabeza, recta como el cuerpo. Los movimientos son elásticos y suaves. Mientras todos los miembros de la manada respetan al animal de guía y no se acerca ningún extraño, esta expresión normal se mantiene estable. Pero pobre del animal que se enfrente con él, por ejemplo un cachorro impertinente o el segundo del rango que trata de vez en cuando de desafiar a su superior. Entonces, se le eriza el pelo de la espalda, la cola se coloca en posición horizontal, y sus pelos se ponen literalmente de punta; el cuello se erige hacia arriba de modo que el hocico y la cabeza formen un ligero ángulo hacia arriba. Las orejas se orientan hacia delante, y el lobo de rango superior ofrece al desafiador uno de sus costados, moviéndose tieso y con las articulaciones de las patas traseras rígidas, en tensión.

Todo ello lo observamos también si dos perros machos seguros de sí mismos se encuentran en su paseo. Además, nuestros perros domésticos tratan de infundir respeto a su rival rascando fuertemente la tierra con las patas delanteras, y también levantando la pata. Ambas cosas las hacen los lobos, pero con una frecuencia mucho menor. El territorio es marcado una vez por el jefe de la manada y respetado después por todos los demás. Sólo si un intruso ha llegado a colocar su propia marca de olor, el jefe vuelve a «corregir» el olor de la frontera una vez ahuyentado el enemigo. Entre los lobos, el rascar con las patas delanteras forma parte del cortejeo. Sólo durante la época de celo de la loba de mayor rango, el jefe de la manada emplea esta actitud para solicitar sus favores e imponerse a los rivales más débiles.

Si la conducta de ostentación que acabamos de describir no muestra ningún efecto, el lobo y el perro la refuerzan con gestos de amenaza. Se vuelven todavía más voluminosos erizando aún más el pelo, muestran al adversario su lado, con lo cual parecen igualmente más grandes, y levantan aún más la cola. En los lobos, la cola apunta entonces ligeramente hacia arriba; en los perros, la ira puede ser tan grande que colocan su rabo por encima de la espalda. Ambos, lobo y peno, retiran los labios enseñando los dientes. Además, los perros dejan oír un gruñido bajo y rabioso. El máximo nivel de alarma en una amenaza es mirar fijamente al adversario.

Porque mientras que los lobos y los perros evitan al máximo mirar a su rival durante su conducta de ostentación, ambos, si están decididos a morder en caso de necesidad, miran fijamente a los ojos de su víctima. Debería saberlo si es dueño de un perro, y evitar de mirarle «profundamente a los ojos» a la manera de los hombres. En el mejor de los casos, su peno apartará la cara, manifestando así en su lengua «Me someto, eres mi superior»; en el peor, puede interpretarlo como señal para el ataque. Sea como sea, tanto el dueño como el peno vivirán unos minutos desagradables.

En la manada de lobos, casi la totalidad de estos encuentros aparentemente agresivos, en el fondo transcurren de forma pacífica, porque ya los cachorros dominan los gestos de apaciguamiento que inducen a un superior iracundo a apartarse de nuevo y limitarse a la conducta de ostentación.

Por un lado, se trata de apartar la mirada y girar la cabeza. Las orejas se colocan hacia atrás, la piel de la cara se vuelve tensa, los labios se estiran hacia atrás, una pata se levanta de forma apaciguadora —un gesto que muestran muchos perros a la hora de hacer zalamerías y que han conservado desde los orígenes de la manada de lobos. El animal demuestra una máxima humildad y sumisión acostándose, y el perdedor se gira boca arriba, retira las patas del cuerpo y ofrece al adversario el vientre y la garganta desprotegidos. Este gesto de sumisión se produce con mucha mayor frecuencia entre los perros que entre los lobos. En la manada, tales procesos que duran siempre varios minutos gastarían demasiada energía y crearían demasiado desorden.

Entre los lobos, los inferiores en el encuentro con sus superiores indican que aceptan su rango, acercando las orejas a los costados de la cabeza, mostrando una cara lisa y con los labios algo contraídos hacia atrás. Con esta mímica, se aproximan al más fuerte en una postura ligeramente agachada, con el rabo entre las patas o colgando, y tratan al tiempo de establecer el contacto de hocicos. Aunque los lobeznos apliquen igualmente las orejas a la cabeza y muestren su lisa cara de humildad, pliegan sólo las patas delanteras, plantan con firmeza las patas traseras y mueven vigorosamente la cola si buscan el contacto de hocicos con el jefe de la manada.

En los perros, esta «invitación» a atenderlos y ser amables se mantiene a menudo, durante toda la vida; conocemos la señal de sumisión del lobezno como gesto de juego del perro. También se trata originalmente de un gesto de sumisión de los lobos si los perros saltan encima de sus amos para saludarlos y tratan de lamerlos. Ambas cosas las hacen los lobeznos si se acerca un adulto y esperan obtener algo de comida.

Los perros especialmente sumisos dejan caer incluso unas gotas de orina cuando están excitados. Lo mismo se produce en el lobezno como señal de la máxima sumisión. Se ve que las diferencias en el comportamiento de lobo y perro no son demasiado grandes. El hecho que el repertorio de los lobos sea mucho más amplio que el de los perros tiene su razón de ser debido a su distinta constitución. Muchos de nuestros perros ya no tienen un rabo frondoso, con lo cual las señales con la cola no pueden ser transmitidas, en la forma primitiva alterándose su forma, si aún existe. En algunas razas, se ven orejas caídas en lugar de las orejas aguzadas del lobo; otras muestran pliegues en la cara. No obstante, casi todos los perros comprenden perfectamente las señales de sus congéneres, y también lo debemos hacer las personas si queremos evitar malentendidos.

La disposición a subordinarse al más fuerte es innata, tanto en el lobo como en el perro. En la manada de lobos, por ejemplo, solamente el animal de guía y su compañero tienen el derecho a la procreación. A propósito, las hembras suelen ser los animales líderes con mayor frecuencia que los machos. En general, conservan su posición también durante más tiempo que los machos, los cuales son desafiados más a menudo por sus rivales y salen perdedores en las luchas por el orden jerárquico.

Esta posición fija que ocupa cada individuo en la manada no sólo da sus resultados en la procreación, la cría de los cachorros y la prevención de conflictos serios dentro del grupo, sino también en la caza. La manada totalmente unida persigue a las presas y, junta, defiende su territorio. El botín se divide conforme al rango. El animal de rango más alto se sirve primero, y los de rango más bajo tienen que esperar hasta que los demás estén satisfechos. Conocedores de tales características y si tomamos conciencia de que lo mismo el lobo, que el perro, cono animales de manada, viven felices en ese orden jerárquico, podemos aprovechar esos factores para la educación, al facilitar la tarea de las personas y mejorar el cuidado y el adiestramiento del perro.



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